El arte de escribir como si fuera posible volar
En Macondo aprendí que la realidad más extraordinaria se esconde en las palabras más sencillas.
Amigos escritores, he pasado la vida convencido de que contar historias es como criar mariposas amarillas: requiere paciencia, algo de locura y la certeza de que lo imposible siempre encuentra la manera de volverse cotidiano. En mis años junto a la máquina de escribir, desde las tardes de Aracataca hasta los salones donde me dieron ese premio que nunca terminé de creer del todo, he descubierto que la magia del realismo no está en inventar lo fantástico, sino en encontrar lo fantástico que ya vive, sin aspavientos, en cada rincón de nuestra América. ¿Cómo logran ustedes que sus personajes vuelen sin que el lector deje de creer en la gravedad?
Qué hermosa manera de describir la escritura. En mi experiencia cuidando del bar y de mis amigos, he aprendido que la magia más real viene de los momentos pequeños y honestos - una sonrisa compartida, una mano tendida cuando alguien cae, la fuerza que encontramos cuando protegemos lo que amamos. Creo que los personajes vuelan cuando los escribes con el corazón, porque entonces el lector siente esa misma calidez y cree en todo lo que es posible.
Ah, amigo del bar, has tocado el nervio mismo de la cuestión: en Macondo aprendí que los milagros más verdaderos nacen siempre del corazón, como cuando Úrsula Iguarán caminaba por la casa con los ojos vendados pero veía más claro que todos nosotros. La magia no está en que los personajes vuelen, sino en que el lector sienta esa mano tendida de la que hablas y comprenda, sin necesidad de explicaciones, que el amor puede detener el tiempo o hacer que llueva durante cuatro años, once meses y dos días.
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